KOSTIA (ARCADIO AVERCHENKO)

25.08.2016 10:49

Los demás niños no querían al pequeño Kostia (diminutivo de Constantino), que era frágil y de cara transparente y siempre traía despeinados sus rizos castaños… No, no lo querían.
¿Por qué?
Seguramente debido a la misma causa por la cual los grandes no quieren a los grandes que son semejantes al Kostia pensativo y de ojo claro. Un bando y otro se diferencian únicamente por la edad; pero el desamor subsiste…
Casi todos los niños repelían por igual a Kostia; en cuanto se acercaba a un grupo de niñas y niños, se oía un grito unánime:
- ¡Fuera, fuera! ¡Largo de aquí, no te queremos!
Después de permanecer un instante junto a ellos, suspiraba e intentaba comenzar de un modo suave e indeciso:
- Nuestro jardinero estaba en el patio haciendo un hoyito para plantar un árbol y su pala chocó contra algo duro. Miraron y eran huesos, una calavera y un cofre de hierro…, lo abrieron y en él…
- ¡Largo de aquí, no nos hace falta saberlo…, siempre vienes aquí!
Dócilmente suspiraba de nuevo, se retiraba a un lado y, tomando asiento en una banca del parque que calentara el sol se ensimismaba…
Un señor ocioso que estaba a su lado, conmovido por su aspecto melancólico, dejó caer su mano pesada sobre su cabeza, quebradiza como cáscara de huevo, y le preguntó amablemente:

-¿Cómo te llamas, chico?
- Jim…
- ¡Ah, vamos! ¡Acaso no eres ruso?
- No, sir, inglés
- ¡Vamos, vamos! ¿Y por qué hablas tan bien el ruso?
- Es que huimos de Londres cuando era aún muy pequeño.
- ¿Huyeron? ¿Qué dices? ¿Qué los obligó a huir?
Los pensativos ojos del niño se elevaron hacía el cielo y siguieron el paso de las nubes que navegaban a inconmensurable altura.
- ¡Oh! Es una historia difícil, sir: el caso es que mi padre mató a un hombre…
El señor comenzó a inquietarse y se retiró unos cuantos centímetros del melancólico niño, que le contaba con tono sencillo cosas tan horribles.
- ¿Mató a un hombre? ¿Y por qué?
-¿Usted sabe lo que es la city, sir?
- ¡Qué voy a saber! ¿Pero qué pasó?
- En la city había un banco, que todavía existe, y se llama… Deutch Bank…

Mi padre estaba ahí de dependiente, y luego, gracias a su honorabilidad, lo nombraron cajero.
Una noche, cuando iba a poner en orden algunas cuentas enrevesadas, vio una figura que a hurtadillas se deslizaba por el corredor en dirección a los sótanos en que se guardaba el oro… mi padre se escondió y se dispuso a seguirlo. ¿Y quién cree usted que era aquel hombre? ¡El director del banco!
Bajó éste al sótano, llenó una cartera de oro y billetes, y en cuanto salió como una flecha, ¡zaz!, lo agarró mi padre por el cuello y le apretó la garganta. Papá comprendió que si el otro lograba escaparse toda la culpa recaería sobre él… La desesperación le dio fuerzas; entablaron una dura pelea y logró ahogar al canalla… Llegó a casa aquella misma noche, me cogió en brazos, atravesamos en no sé qué cáscara el Támesis, y vinimos a Rusia…
- ¡Pobre cabecita!- dijo el señor con cierta pena, dándole palmaditas en el hombreo-.¿Y dónde está tu madre?
- Se quemó, sir.
- ¿Cómo que se quemó? …
- Una vez unos chamacos de Londres rociaron una rata con petróleo y le prendieron fuego: en aquel momento pasaba mi madre por la calle, con las compras que había hecho; la rata, que estaba ardiendo, se metió debajo del abrigo de mi mamá, y al cabo de un minuto parecía una antorcha…
El niño bajó la cabeza tristemente sin decir más; poco faltó al compasivo señor para deshacerse en lágrimas, profundamente afectado por tanta desdicha que había caído sobre el pobre huerfanito.
- ¡Pobre criaturita! Ven, te voy a acompañar hasta tu casa, no sea que te pase algo malo
Jim se sonreía suavemente.
¡Oh, no sir; no me va a pasar nada!
¡Ve usted este talismán? ¡Me protege de todo y contra todos!
La criatura sacó del bolsillo un silbato de madera y lo mostró confiadamente a su interlocutor.
- ¿Qué talismán es éste?
- Me lo dio una vieja tártara en Crimea. Recuerdo cuando estábamos subidos a un altísimo peñasco, junto al mismo mar.
¿Y qué pasó? En cuanto lo tuve en mi poder la piedra se movió debajo de sus pies y… ¡pum! Ella y la piedra, al mar…
- ¡Milagro, es un verdadero milagro! ¿De modo que esta es la casa donde vives?
¡Bueno; adiós, Jim. Que seas muy feliz, querido niño!
Jim subió animadamente la escalera y el señor acompaño con la vista al admirable niño.
Permaneció abstraído tan largo rato que, la portera, con la falda arrugada, se le acercó para preguntarle:
¿A quién busca?
- No busco a nadie…
Dígame… ¿Quién es ese niño que acaba de entrar?
- Es Kostia, el hijito de los Cherepitsin. ¿Por qué lo pregunta usted?
- ¿Cómo? ¿Acaso no es inglés?
- ¡A qué santo señor! Es un chamaco y nada más… De seguro que le ha mentido, ¿verdad?
Su madre hace todo lo posible por curarlo de esa falta; pero nada, no lo consigue…
- ¿Acaso tiene madre? ¿Vive?
- ¿Qué le iba a pasar? ¡Sí, señor, vive! Pero, por lo visto, va a acabar con ella si sigue con sus mentiras; ya se acordará de lo que le digo ¡Qué chico más embustero!
¡Es algo sorprendente! Ya lo conocen en la cuadra, ¡alabado sea Dios!
Al llamar prolongado del timbre, abrió la puerta la doncella Uliacha.
- ¿Por dónde andaba usted, Kostia, hasta esta horas?
- Me entretuve en la calle; un automóvil acaba de atropellar a nuestro portero, y me quedé allí curioseando. Revisa si tengo sangre en las botas…
- ¿Cómo que lo atropellaron? ¿A quién, a Esteban? ¿Se murió?
- Sí… el caso es que los caballos se desbocaron; en el coche viaja una señora muy guapa…, y Esteban se adelantó para sujetar de las riendas a los animales…
- ¿Por qué miente usted, Kostia?
Primero un automóvil, ahora un caballo…, siempre inventa alguna tontería.
- No, no es ninguna tontería. Ha dicho esa condesa que cuando se cure se casará con él.
- Bueno, está bien, basta de embustes. La comida ya se enfrió; su mamá salió y su abuela lo está esperando.
Balanceándose sobre sus delgadas piernas, Kostia hizo un mohín misterioso y se dirigió al comedor.

¿Y tú por qué llegas tan tarde? - le dijo la abuela, abalanzándose a su encuentro ¿dónde has estado metido?

Hace ya una hora que llegué frente a nuestra misma puesta; pero tuve que esconderme. Una historia interesantísima…
- ¿Qué ha pasado?
- ¿Comprende  usted? Acababa de llegar frente a nuestra puerta, miré y, ¡, ¡, cuando vi que, dos sujetos estaban haciendo no sé qué con la cerradura; y uno decía:
“ La cera está muy dura, no sale el molde”, y el otro, que era más bajito, le respondió: ¡Aprieta, aprieta, que ya saldrá.”
- Kostia – le gritó la abuela apretándose las manos -, ¡no mientas! ¡Otra vez, hombre, otra vez!...
- Está bien, si cree que son mentiras – dijo sonriéndose sarcásticamente -, pero deje que se metan en la casa y que nos quiten todo y que nos degüellen… ¡y entonces verá si son mentiras o verdades!...
¿a mi qué? Mi obligación es decir lo que he visto…
La abuela se desesperaba:
¡Kostia, estás mintiendo! Leo en tu ojos que acabas de inventar esa historia…
- ¿Inventar? – dijo Kostia lentamente, dando a sus palabras un tono sibilino, que crispaba los nervios. ¿Y si le enseño a usted el pedazo de cera, me dirá también que lo inventé?
- ¿Y por qué lo tienes en tu poder?
- Pues muy sencillo; ellos se subieron a un coche; yo me fui de mosca, y cuando llegamos a las afueras de la ciudad, pasé corriendo junto al hombre más bajito, le di un empujón y se lo saqué de la bolsa.
¡Aquí está!...
Sacó por segunda vez aquel mismo silbato de madera que había mostrado en el jardín y lo enseñó desde lejos a la cegata abuelita.
. La duda desgarraba el corazón de ésta: “Claro que miente; pero…, y ¿si por casualidad es cierto lo que dice? Se dan casos en que se sacan moldes de las cerraduras, penetran en las casas y degüellan a una familia…
Precisamente ayer leí en el periódico un caso semejante… Habrá que recomendarle a Uliacha que corra el cerrojo de la puerta…”
- ¡Llama a Uliacha!
Kostia obedeció, fue corriendo a la sala, y gritó atemorizando a Uliacha, que hablaba por teléfono:
- ¡Uliacha! ¡Otra vez se le ha olvidado cerrar el grifo de la cocina! ¡Y está toda llena de agua, y las cosas se están saliendo por las ventanas!...
Al cabo de un minuto se desarrolla una escena terrible:
- ¡Kostia! ¡Otra vez ha mentido usted! Ya no puedo aguantar más no quiero seguir sirviendo en esta casa…; me voy…
- Me pareció que se salía el agua – decía Kostia, justificándose tímidamente, mientras miraba con ojos suplicantes a la enfurecida muchacha -. Había oído el agua…
Sólo Dios sabe lo que era este dulce e inofensivo niño; tal vez le pareció una realidad el que dos señores que estaban fumando tranquilamente en la acera de su casa intentaran efectivamente sacar el molde de cera de la cerradura.       

III

Por la noche, estaba Kostia en el despacho de su padre, junto a su escritorio, y con los ojos muy abiertos miraba las manos de su progenitor, que movían y removían rápidamente unos papeles.
- ¿Qué hiciste hoy, Kostia?
- Fui al parque.
- ¿Y qué cosas viste allí?
- A la madre de Lidochka Priaguina.
- ¿Qué dices, muchacho? La madre de Lidochka ha muerto…
- Pues eso precisamente es lo asombroso; estaba sentado en una banca, y de pronto, por debajo de las matas comenzó a surgir y acercarse algo así como una espesa nube gris…, como muy triste… Se me acercó, me puso la mano sobre la cabeza, me amenazó con un dedo y luego se marchó sin decirme nada.
-¡No me digas!... – exclamó el padre mirando a su hijo, con semblante risueño - … ¡Qué cosas pasan a veces!
- ¿Qué papel es éste, papá? – pregunto Kostia, mirando por encima del hombro de su progenitor -. Tiene dibujada una pistola…
- ¿ah, eso? La cuenta de una armería; compré un revólver para el banco.
- ¿Un revólver?
- Sí, para el cobrador del banco…
- ¡un revólver?
Kostia, con los ojos muy abiertos, miraba fijamente al rostro sonriente de su padre.
Ya habían volado muy lejos sus pensamientos. Y por su cara discurrían imperceptibles las sombras de ellos.
Tembló, se levantó de un salto y pasito a pasito se escurrió del despacho.
Como un torbellino atravesó las dos habitaciones y, con los rizos desgreñados, entró volando a la habitación de su madre, quien trabajaba con tranquilidad junto a una mesa.
- ¿Mamá, papá se encuentra mal!
- ¿Qué pasa?, ¿qué tiene?
- Cuando entré a su despacho lo vi tirado en la alfombra, junto su escritorio, y a su lado un revólver… En la frente, una manchita, y la habitación huele a algo extraño…Un grito salvaje, espantoso…
- ¿Qué hago yo con este niño?
- Decía la madre, llorando y mirando casi con odio a Kostia, quien, asustado, tímido, como un pajarito en mal tiempo, se estrechaba contra el sólido hombro de su padre-. Con sus mentiras e invenciones este niño hará que todos los de la casa nos volvamos locos. La doncella no puede ni verlo, y los niños lo corren como a un perro sarnoso… Es un chico que da tristeza. ¡Figúrate que va a ser de él cuando sea grande!...

- Por desgracia me lo imagino – dijo a media voz el padre, estrechando contra su hombro la cabecita greñuda de su hijito defectuoso -. Crecerá y todo el mundo se alejará de su lado como ahora; no lo comprenderán y… se burlarán de él.
- ¿Y qué va a ser de él cuando sea mayor?
- Querida – dijo tristemente el padre, moviendo su cabeza, que ya comenzaba a encanecerse -, será poeta…

 

FIN